LA LUZ EN LA HERIDA

Dejar que entre la cálida luz,
conectar con cada herida que nos limita,
bloqueando y congelando nuestro cuerpo.
 
Cuando te ves sangrando,
otra vez, por la misma herida de siempre y te repites:
«No te apegues,
no te regodees,
deja que entre la luz.
Hazla consciente».
 
Sí, nuestras heridas se abren y reabren,
con cada vínculo,
con cada espejo.
 
El miedo a ser rechazados,
abandonados,
heridos,
y a dejarnos caer,
otra vez,
en la herida supurante.
 
El miedo a no poder salir,
a engancharnos,
a revivir viejos dolores y patrones
y no darse cuenta a tiempo.
 
Que el miedo a reabrir la herida no nos haga dejar de abrirnos,
a la vida,
al amor,
al dolor,
al gozo.
 
Porque esta vez,
la luz entra en la herida.
 
Y la ves.
Y te ves.

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